Ben Roethlisberger y la (no) ayuda a los QBs rookies

Big Ben ha llevado a cabo un desplante tanto a su nuevo compañero, Mason Rudolph, como a su propia franquicia, los Piitsburgh Steelers.

Ben Roethlisberger es un personaje complicado. Con la edad y, sobre todo, con los triunfos, hemos aprendido a tolerarle. Es una norma absoluta del deporte ésta, pues todo aquel que gana convierte sus rarezas o detalles feos en pequeñas cosillas que incluso aportan gracia a su personalidad; ay, pobre del que haga lo mismo pero no pueda presentar un currículum similar, porque será destrozado en la plaza pública.

De chaval era pendenciero, macarra, pagado de sí mismo, descortés. Eso le llevó a muy serios problemas con la justicia. En 2006 tuvo un accidente de moto sin licencia y sin caso. En 2008 y 2010 fue acusado de sendos asaltos sexuales que se quedaron en nada en el plano judicial, aunque le llevaron a perderse cuatro partidos por suspensión impuesto por parte de la liga. En asuntos sin importancia al lado de los anteriores, fue un rookie que no quiso seguir las tradiciones del equipo en 2004 y eso le llevó a ser poco querido en el vestuario, quien no lo nombró capitán hasta 2008, tres temporadas después de que ya hubiesen ganado una Super Bowl, algo muy poco común en la posición de quarterback.

Desde el 2011 es otro hombre. Asentó su vida, sentó la cabeza, y se convirtió en la gran figura emblema de los Pittsburgh Steelers y una de las figuras más importantes de la NFL. Con el poso de los años, las victorias y las derrotas, el saberse mortal y, con ello, el reconocimiento de los suyos y de los ajenos. Es alguien imprescindible en la historia reciente de la liga.

Y, sin embargo, como me dijo una mujer mucho más lista que yo, todo el mundo es humano todo el tiempo, así que Ben Roethlisberger ejerce de sí mismo a la que las condiciones de presión se convierten en las necesarias.

Así ha sido el caso esta semana. Porque Big Ben se ha visto amenazado y, como animal competitivo que es, se ha revuelto, ha sacado las garras y ha mostrado que uno no puede dejar ser quien es.

Los Pittsburgh Steelers han elegido en el draft a Mason Rudolph con la tercera ronda y quien más quien menos ha especulado sobre el futuro de Roethlisberger y sobre si este chico sería su heredero. Es un debate, en mi opinión, absurdo porque resulta que es una tercera ronda y de esas vemos muchas todos los años que no van a ningún lado y, para el caso que nos ocupa, que no suponen una presión extra para el equipo. Es decir, no es como escoger, no sé, a Lamar Jackson en primera ronda; eso sí que es presión para Flacco y los Ravens.

Sin embargo, sí que ha calado en la propia cabeza de Big Ben, que se ha dedicado a decir que no entiende la elección, que hubiese preferido un jugador que aportase en el campo desde ya, que no sabe qué busca la franquicia y, para rematarlo, que si el chaval le pregunta algo, algún tipo de mentorización, él sólo va a callarse y a señalar el playbook, en clara declaración de que no piensa ni saludar a Mason Rudolph con un buenos días por las mañanas.

Sus palabras han causado cierta controversia porque son políticamente incorrectas. Existe en el entorno de la NFL la sensación de que los quarterbacks rookies son una especie de bebés desvalidos que necesitan que les hagan potitos y les filtren el zumo de naranja porque sino se atragantan, y cunde el mito de que necesitan muchísima ayuda cuando llegan. No sólo de sus entrenadores y compañeros, así en general, sino, sobre todo, del quarterback veterano, que parece que tiene que indicarles hasta para que lado se pasa el balón.

Sea eso cierto o no, y huelga subrayar que opino que eso es una chorrada, que los quarterbacks (como todas las demás posiciones) ya son profesionales y han de trabajar, competir y mejorar como todos los demás, sin condescendencia ni infantilismos, amén de que el aprendizaje es algo interno de cada cual y no el proceso de imitación de un tercero, el caso es que la recepción a Mason Rudolph es fría hasta extremos que no solemos ver. Y mira que hemos visto casos como el de la mala relación de Brett Favre y Aaron Rodgers, los rumores de que Tom Brady no quería a Jimmy Garoppolo ni cerca en la sala de vídeo, por poner dos ejemplos de sobra conocidos. Sin embargo, exteriorizarlo de tal manera es algo muy de Roethlisberger.

No tiene que estar contenta la franquicia. Los Steelers llevan dos años sufriendo la indecisión de Big Ben, que se pasó las primaveras diciendo que igual no seguía jugando, y cuando dan un paso hacia su sustitución futura, se encuentran con el enfado del quarterback que, además, les dice que quiere jugar hasta cinco años más. Todo éste asunto les deja con un problema de relaciones públicas y un problema en el vestuario.

Sin embargo, estoy seguro que, en su fuero interno, ni Mike Tomlin ni el general manager, Kevin Colbert, dan mucha importancia al asunto ¿Por qué? Porque saben, tanto como cualquiera, que la dinámica de todo grupo de trabajo, y mucho más en la NFL, es la competitividad extrema entre todos sus jugadores, que el primer enemigo de cada profesional que forma la plantilla es el suplente que está por detrás de él y es a ése al que deben batir antes que a nadie más.

Así que, no, nadie debe esperar que un quarterback veterano ayude o forme al recién llegado. Éste no es ningún niño sino un profesional de fútbol americano que debe pelear por ser titular. Y el que ostenta el puesto debe hacer todo lo que está en su mano para que eso no suceda. Y aunque casi nadie lo diga, casi todos los ven así. La diferencia con Ben Roethlisberger es que lo dice sin tapujos.

 

1 comentario

    • Rey Cowboy en 10/05/2018 a las 9:25 am
    • Responder

    Asi mismo es una selva,donde sobrevive el mas fuerte y nadie quiere perder el puesto de titular logicamente.

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