La lucha de clases ha llegado a la NFL para quedarse… por ahora

Tim Fuller

USA TODAY Sports

Los grandes contratos a quarterbacks y la polémica del vestuario de Pittsburgh con LeVeon Bell abren el debate en una liga con cada vez más diferencias salariales.

Madrid Actualizado: 6 septiembre 2018 23:26h CEST

Manda narices que ahora, pocas horas antes del kickoff inicial de la temporada 2018, con un impresionante Eagles-Falcons para que todos hagamos un despegue vertical, me haya dado por filosofar. Pero tampoco me importa porque sé que muchos de vosotros estaréis haciendo tiempo hasta que el partido empiece a las 2:20 de la madrugada, y nunca viene mal un poco de lectura.

El caso es que en los últimos días han pasado muchas cosas a las que no he podido dedicar toda la atención debida, porque estaba cabalgando desbocado, intentando acabar todas las previas de los 32 equipos (algo que no he conseguido) mientras cerraba la Guía de LaLiga (eso sí que lo he hecho).

Los contratos estratosféricos de los quarterbacks

Una de ellas es el nuevo contrato de Aaron Rodgers. Lo que más me sorprendió no fueron las cifras mareantes. Los 134 millones de dólares que va a ganar en cuatro años, con 98,7 garantizados, eran más o menos lo esperado. Lo que de verdad me llamó la atención fueron las declaraciones el quarterback pocas horas después de firmar su nuevo contrato, en las que decía que el límite salarial de la NFL debería reformarse y ser como el de la NBA, donde los equipos se pueden pasar, pero pagando una multa.

El comentario sonaba un poco a justificación. Casi a remordimiento. El contrato de Rodgers tendrá un impacto tremendo sobre el cap de los Packers hasta el año 2023 y él sabe que es tan alto que afectará a la capacidad de la franquicia para hacer fichajes y renovar contratos. Literalmente, los Packers están financieramente hipotecados con Rodgers. Y no quiero ni pensar lo que puede pasar si tiene una lesión grave. Dentro del garantizado hay 7,8 millones en 2018, 13,4 en 2019 y 19,5 en 2020 como ‘roster bonus’ que quizá puedan servir para darle un respiro a los despachos, pero que tampoco dan mucho margen en caso de que tengan que buscar un quarterback titular competitivo por lo que sea.

Los Packers no son el único equipo que ha entrado en esa dinámica peligrosa. Es verdad que el cap está creciendo mucho cada año, y con él el margen de los equipos para fichar, pero los contratos de los grandes quarterbacks , y alguno de los no tan grandes, están subiendo mucho más deprisa y empiezan a dar bocados temibles al dinero disponible. Los Vikings se han metido en un lío parecido con Cousins y su ciento por ciento garantizado, los Colts con Luck, los… Todos ellos son contratos esperados y hasta razonables, pero la conclusión es que mientras los más ricos ganan más, la multitud de obreros que inundan la NFL, y cuyo rendimiento es casi siempre mucho más importante de lo que parece y la clave para formar plantilla campeonas, vive situaciones más precarias.

Si seguimos así, muy pronto un equipo se encontrará en un callejón sin salida que le dejará hundido en el fondo de la clasificación durante mucho tiempo solo por una cuestión financiera.

Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Parece una tendencia natural de la raza humana que solo parece tener arreglo cuando se ponen controles. Por eso, si la negociación del nuevo convenio colectivo de la NFL ya se presentaba caliente, cada vez se suman más problemas que necesitan ser resueltos. El modelo actual con límite salarial empieza a agrietarse, pero como se abra la mano volveremos al pasado, con franquicias ricas y pobres, plantillas plagadas de jugadorazos y lugares a los que si ahora no quiere ir nadie, no quiero ni imaginar cuando sean también poco atractivos en el plano económico.

Pittsburgh, ciudad obrera por excelencia

Todo esto, que parece una disquisición filosófica sin gran fundamento, se empieza a concretar en la fábrica, como en el resto del mundo empresarial. Y en la NFL las fábricas son los vestuarios. La salida de pata de banco de gran parte de la línea ofensiva de los Steelers, indignada por la postura de LeVeon Bell, que se niega a firmar su etiqueta de jugador franquicia y a incorporarse al equipo, tiene un tremendo tufo a lucha de clases… más allá de confirmar que ese vestuario es un auténtico desmadre en el que la continencia verbal cada vez brilla más por su ausencia. Pero ese es otro tema.

Si os fijáis, los comentarios de sus compañeros no critican su aspiración a ganar más dinero, pero sí su falta de compromiso, su egoísmo, y que se haya olvidado de ellos. Todos han saltado casi simultáneamente y casi todos han sido jugadores de línea ofensiva, así que es evidente que los corros y las ‘rajadas’ han sido impresionantes durante la offseason. Son tipos que ganan bastante menos que Bell, y eso que los cinco jugadores titulares de la OL de Pittsburgh están entre los 12 jugadores mejor pagados del equipo (por ejemplo, si Bell firma la franquicia ganará 14,5 millones y Pouncey tiene este año un base de 7 millones, el cuarto mejor de la plantilla). Y es que al final, como en casi cualquier parte, los que peor están no son los que más protestan. Ninguno de los 26, sí 26, jugadores de los Steelers que ganan menos de un millón de dólares al año ha dicho esta boca es mía.

Para mí, la frase que define la situación, la que demuestra una realidad que probablemente la mayoría hemos visto en nuestros trabajos, es una frase de Foster: “aquí hay un tipo al que no le importamos, y por tanto le trataremos como tal”. Y después viene la bomba: “Bell está ganando siete veces más que yo y el doble que Alejandro Villanueva, pero nosotros somos los que hacemos su trabajo”. ¿Os suena? La línea es la que le abre autopistas para que él se luzca y él el que se lleva el dinero.

Lo normal es que antes o después LeVeon Bell vuelva a ese vestuario. Entonces se encontrará cara a cara con compañeros que han dicho públicamente que Bell gana una millonada gracias a ellos. Y no creo que ni la confianza, ni la relación vuelva a ser la misma. La mayoría habéis vivido en vuestros trabajos situaciones similares y, al final, ni se trabaja igual, ni los equpos son tan resolutivos, ni el ambiente es el mismo. Y lo malo es que las franquicias ganadoras nacen en los vestuarios.

El caso de Bell es solo una muestra de algo que todavía no se ha extendido por la NFL, al menos tan públicamente como esta vez, pero hasta 2020 puede haber muchos casos más. Pura ducha de clases. Tener la seguridad de que el uno gana más de lo que merece y eso afecta directamente al salario de la mayoría. Rodgers lo ha visto claro y su solución es abrir la mano, aunque lo normal sería que solo se beneficiaran las grandes estrellas. Los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Un debate universal que, aunque pueda parecer menor, puede ser el primer paso para que el sistema actual de cap salte por los aires, o las negociaciones del convenio de 2020 acaben con una huelga salvaje.

Es curioso que la chispa que puede iniciar el incendio haya aparecido en Pittsburgh, una de las ciudades obreras por excelencia de EEUU.

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