Tom Brady vs. Aaron Rodgers: el partido del año en la NFL

Christian Petersen

AFP

Dos jugadores perfectos en dos equipos que no lo son tanto. Un partido en el que algunos buscan el ganador en unos colores y otros en un ser superior.

Tú verás lo que haces, pero la madrugada del domingo al lunes está prohibido dormir. Aprovecha el puente para acumular horas, no salgas de copas o a cenar el sábado, gasta un día de vacaciones el lunes, haz lo que sea, de verdad ¡Pero no duermas! O te arrepentirás toda tu vida.

Esta semana en la NFL hay partidos memorables, incluso un Saints-Rams con aroma a final de conferencia, pero todos quedan ensombrecidos por un duelo cara a cara entre dos jugadores que no coincidirán sobre el emparrillado en ningún momento, pero sin embargo no dejarán de mirarse para ver quién es el que parpadea primero. La NFL es tan mágica que un duelo a muerte a la puerta del ‘saloon’, con balas silbando en todas direcciones y sangre salpicando por doquier se puede producir sin que ambas partes estén a la vez en la calle embarrada. Primero uno y luego otro, en un toma y daca frenético, no solo dirimirán cuál de sus dos equipos se hace con la victoria; también, y sobre todo, reivindicarán una forma diferente de elevar a la perfección la posición de quarterback.

 

Yo sé que muchos de vosotros pensáis que eso solo es folclore, pura anécdota convertida en acontecimiento por la presión mediática (no os perdáis en anuncio de Michael Jordan del partido). Quizá estéis más interesados en cómo funcionará el juego de carrera de los Patriots con Patterson, o cómo sobrevivirá la secundaria de los Packers sin Ha Ha. Pero para muchos otros, el football americano no alcanza su perfección en el resultado de un partido, la evolución de un equipo y el camino hacia la postemporada. Nuestra afición está cimentada en momentos. Instantes irrepetibles e inolvidables que nos dedicamos a recolectar sin importarnos el resultado final. Y este partido que está fuera de concurso, se disputa fuera del planeta y en otro espacio temporal, es el momento ideal para recolectar un buen puñado de esos instantes. Un Tom Brady vs. Aaron Rodgers que nunca más se repetirá salvo que el primero juegue hasta que sus hijos le hagan abuelo o los dos equipos se puedan encontrar en el gran duelo de febrero.

A mediados de enero de 2008 tomé una decisión drástica: la Super Bowl que se disputaría el siguiente 3 de febrero sería el último partido de football americano que vería en mi vida. El motivo es que estaba seguro de que la iban a disputar unos New England Patriots que venían de una temporada perfecta, y unos Packers casi igual de espectaculares que solo habían perdido tres partidos. Pero lo de menos eran los dos equipos. Lo increíble, lo sobrecogedor, era que iban a estar sobre el campo, frente a frente, Tom Brady y Brett Favre en una Super Bowl. Era el acabose, la perfección absoluta, el punto culminante inmejorable del football americano. La cima. A partir de ahí solo podría venir una cuesta abajo más o menos pronunciada. Jamás de los jamases podrían coincidir sobre el césped de una Super Bowl dos estrellas tan brillantes. Dos astros tan perfectos… pero claro, llegó Eli, nos fastidió la fiesta y nunca podré perdonárselo, aunque siempre le estaré agradecido, porque 10 años después sigo soñando con imposibles cada domingo de football.

Tom Brady y Aaron Rodgers han jugado simultáneamente en la NFL durante casi década y media, pero a todos los efectos es casi como si jugaran en competiciones diferentes. Sólo han coincidido dos veces. La primera, en 2006, tuvo que saltar al campo pocos minutos antes del descanso cuando Brett Favre recibió un sack de Tedy Bruschi que le sacó del partido. Los Patriots arrasaron a los Packers, pero el partido fue frustrante. Favre, Brady y Rodgers a la vez en un mismo estadio, vestidos para la guerra y sin nada que declarar. Otro día aburrido en la oficina de los Patriots.

La segunda vez que Rodgers y Brady se encontraron fue en 2014. En 2010, cuatro años antes, el de los Packers estaba lesionado y tuvo que jugar Matt Flynn, que cayó derrotado con honor en el mejor partido de su carrera, pero aquello fue como celebrar una cena de etiqueta en una hamburguesería de comida rápida. Por eso, el 30 de noviembre de 2014 en que se disputaba la jornada 13 de la NFL fue un día muy especial. El encuentro entre Brady y Rodgers se convirtió en acontecimiento planetario y en una batalla épica que terminaron ganando los Packers mientras las cámaras no paraban de enfocar a ambos quarterbacks. Lo curioso es que ese año también estuve a punto de dejar de ver football americano porque, aunque pareciera imposible, otra conjunción planetaria parecía avecinarse. Los Patriots volvieron a hacer su parte y llegaron a la Super Bowl, pero los Packers sufrieron la peor derrota de los últimos tiempos. En la final de conferencia ganaban a los Seahawks por 19-7 a falta de dos minutos y medio y terminaron perdiendo en el tiempo extra después de tener que remontar en los segundos finales del cuarto cuarto. surrealista. Otra vez mi sueño de perfección irrepetible conjurado.

El domingo de madrugada Rodgers volverá a saltar al campo con su sonrisa socarrona, y volverá a dominar el juego desde el backfield como nadie ha hecho nunca. Un tahúr genial buscando provocar salidas falsas, cazar a doce rivales sobre el campo, machacar al eslabón más débil del rival, conseguir primeros downs pasmosos en cada tercer intento infinito, dirigir series perfectas justo cuando más falta hace y alcanzar a un jugador concreto con puntería imposible en un pase completo genial de mil yardas que otros llaman Hail Mary. Enfrente, Tom Brady volverá a leer el campo como nunca nadie lo ha hecho, a controlar el tiempo como un relojero suizo, sin un gesto, sin inmutarse, con esa cara que solo le sale natural a los asesinos múltiples y a los seres sin alma. Y así, detrás de esos ojos vacíos, sabrá en cada instante dónde está cada receptor, la posición exacta está cada jugador de su línea, de cada rival, de cada jugador en la banda, de cada espectador… Y avanzará con lentitud exasperante cuando todos pensemos que se queda sin tiempo porque será el único que sabrá que tiene de sobra, que tras su pacto con Cronos el tiempo para él corre a un ritmo diferente que para el del resto de los mortales.

Dos jugadores perfectos en dos equipos que no lo son tanto. Un partido en el que algunos buscan el ganador en unos colores y otros en un ser superior. Otro momento mágico ¿irrepetible? Quizá no. Yo aún tengo la esperanza de que esos dos tipos me obliguen a dejar de ver football americano el 3 de febrero de 2019. Porque si ambos llegan a la Super Bowl ¿qué nos queda por ver que pueda ser mejor?

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